martes, 10 de agosto de 2010

PAISAJES MISTICOS DEL ALTIPLANO.
Publicado como “Escenarios místicos” en CAMBIO 04/Septiembre 2005



Esta planicie alta, ventosa y transparente es el escenario de sitios sobrecogedores. Los panteones que aparecen en las afueras de los pueblos conmueven nuestra entereza. Sus bardas ciñen un manojo de negros cipreses que se agrandan conforme nos acercamos y su oscura figura agiganta el recuerdo de los muertos. Alguna yuca añosa guarda la entrada de estos panteones civiles de portada de arco, donde el tiempo pasa lento y solitario como el viento de los cuentos de Juan Rulfo.

Los patios del Desierto de Los Leones en Cuajimalpa son sitios místicos también; en ellos, como en las puertas de los panteones, se siente la paz y la angustia de ser, de trascender y de morir. La arquitectura y el paisaje se funden para dotar a estos sitios de misticismo. El silencio ayuda.

Al subir el Nevado de Toluca se comparte esa paz y esa angustia porque el silencio, la vastedad y la mole pétrea que ascendemos nos devuelve la escala humana (o divina) que a diario mantenemos anestesiada. No es fácil ser contemplativo en medio de una urbe, hasta que la mística del altiplano nos da en la cara en una esquina cualquiera: me refiero a la cruz rodeada de flores que marca el sitio de un deceso.

Las cruces que pueblan los bordos de las carreteras son escalofriantes. Con flores frescas son conmovedoras. Veo con frecuencia una cruz sencilla en la esquina de un crucero peligroso y resumo en ella el homenaje al peatón atropellado. Qué difícil resulta vivir en las urbes de este altiplano, qué fácil es morir bajo las llantas de un camión y qué conmovedora es nuestra tumba florida en el punto fatal. Cruces como ésta son como un rosario que se desgrana a lo largo de las cintas asfálticas y que nos confrontan con el dolor, con la ausencia y con el amor perdido para siempre.

Luis Barragán sostenía que el altiplano es un paisaje abstracto. Su arquitectura simple, de ángulos rectos es abstracta también y es hija de este altiplano mexicano. El muro recto, la sombra que se alarga y el canal de agua son los ingredientes intelectuales del padre de la arquitectura de paisaje mexicana contemporánea. Nadie como él entendió el misticismo del paisaje y nadie como él supo hacer crecer la presencia humana desde sus entrañas. El silencio de los patios de Barragán es parte de ese respeto místico que él sentía por el sitio. Luis Barragán es el maestro del misticismo mexicano, su escuela continúa en el Espacio Escultórico de Ciudad Universitaria de la UNAM, una obra colectiva donde el sitio es magnificado por la humilde intervención de los siete artistas plásticos que lo concibieron. El pedregal de San Ángel queda enmarcado como paisaje lunar para hacernos sentir, en medio de la Ciudad de México, en el más allá, en un Tlallocan desnudo y silencioso.

Un campo arado es paisaje agrícola, pero es también un paisaje místico porque aunque solitario, nos deja ver el trabajo invertido, el orden, la esperanza de la cosecha, la relación del hombre con la tierra, esa tierra en la que todos nos convertiremos. Un campo arado es una gran tumba que da frutos, y que se riega con la sangre de los partos y que huele a porvenir cuando se moja.

Nuestro etéreo altiplano se compone de paisajes silvestres, pasa por los paisajes agrícolas y culmina en las construcciones simbólicas evocativas del más allá como Conventos, Panteones o Cruces. La vida y la muerte están siempre presentes, las flores de cardo en las laderas de los volcanes nos recuerdan que la vida está presente incluso por encima de las nubes; la dualidad de vida y muerte la ejemplifican los campos labrantíos con su alternancia de verde y oro según sea época de lluvia o de sequía. Intramuros, los panteones mantienen vivo el recuerdo de los muertos con sus inmensos y lúgubres cedros blancos.

El viento sigue soplando y mece las pequeñas flores silvestres que no dejan de aparecer en cada estación del año para convertir en color los nutrientes de la tierra y de las rocas. Los muertos renacen, la vida continúa hasta después de la muerte.

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