lunes, 16 de agosto de 2010

Ciudades Bicentenario


En torno a las Ciudades del Bicentenario

Publicado como CIUDADES BICENTENARIO en CAMBIO de Julio 2008

A Luis Pantoja y a su equipo
de tenaces periodistas en
este 3er aniversario.


Con mucho agrado acepté sustituir a un colega en un programa de Uniradio una nochecita de principios de junio. Iba repasando la temática: “Los monumentos con los que, hace cien años, celebraron las ciudades del Estado el Centenario de la Independencia”. Para auxiliar mi memoria, cargué con dos libros: uno del Colegio Mexiquense, “Destellos de Cinco Siglos” y otro del archivo fotográfico Casasola.

La historia de la arquitectura mexiquense me apasiona y mientras entraba al edificio de la radio universitaria, redondeaba con placer lo que diría sobre la restauración apresurada de Teotihuacan en tiempos de Porfirio Díaz. El arqueólogo Leopoldo Batres había recurrido a la dinamita con tal de tener la pirámide del sol debidamente reconstruida para los festejos de 1910... Me hacen pasar a la cabina, tomo asiento, apago el teléfono celular y “a ver maestra, qué nos puede decir de las nuevas ciudades del Bicentenario que se van a construir en el Estado de México” me dice al aire la conductora.

Vaya desconcierto. Hice lo que pude para no quedar callada mientras confesaba no ser la persona adecuada para hablar del tema; sin embargo, las largas pausas que interrumpen el hilo de la charla propias del estilo del programa en el que me encontraba en calidad de emergente, me dieron el tiempo necesario para reflexionar.

¿Porqué no sabía yo nada del tema? Recordaba lo leído en la prensa al respecto y no era mucho. Cruzó rápido por mi cabeza el enfado que me había producido en un desayuno del Colegio de Arquitectos, el que no fuéramos consultados como gremio para el diseño del concurso de esas nuevas cinco o seis ciudades. Pero no se trataba de hablar de mis rabietas sino de las vagas e inasibles ciudades del bicentenario.

De vuelta al aire, me leen una pregunta del público: “¿En qué va a beneficiar a la población local estas nuevas ciudades?”, y entonces, pensando en voz alta, hice un improvisado racconto histórico de ciudades construidas por decisión política. Hablé de Brasilia primero y de los ejemplos mexiquenses después: Ciudad Satélite y Cuauhtitlán Izcalli.

Brasilia había sido creada como una ciudad administrativa, enteramente burocrática, donde los albañiles no se regresaron después de terminada la obra, sino que se quedaron a formar un cinturón de pobreza en torno al icono. Ciudad Satélite fue concebida para la clase media que no quería vivir en la ciudad de México, fue una ciudad dormitorio con calles ondulantes donde los visitantes invariablemente se perdían y Cuautitlán Izcalli fue un proyecto integral donde se pensó en el espacio público (el jardín de las esculturas, la plaza cívica, el lago) y se construyeron edificios de departamentos de cuatro niveles. Encontré en uno de mis libros la fecha de este último ejercicio urbanístico: 1972; es decir 36 años atrás, dignos de estudiarse

Para cerrar, en la cuarta y última intervención de este improvisado programa radial, me preguntaron cómo serían estas ciudades. Lo sabremos, dije, cuando se redacte la convocatoria para el diseño de las ciudades y lo sabremos cuando sepamos de qué va a vivir la gente que las habite. Lo ideal sería, dije, que la gente duerma cerca del lugar de trabajo, que pueda movilizarse a pie o en bicicleta, que las ciudades sean sustentables, colecten la lluvia y separen sus aguas negras de las pluviales, controlen sus emisiones, no tapen los ríos como lo hacen ahora con la suicida complacencia de la Comisión Nacional del Agua. Que las calles sean caminables con grandes banquetas y camellones, que no se deba andar codo a codo con los trailers y camiones, como sucede con las vialidades de moda. En fin, muchos buenos deseos de un urbanismo humanista. “Muchas gracias, buenas noches”. Buenas noches al auditorio.

Regresé volando a abrir la red y consultar la pagina de la Secretaría de Desarrollo Urbano. Me odiaba por no haberla checado antes de ir al programa, pero en fin, la confusión de temas no estaba prevista. Al fin me siento frente a la pantalla para aprender lo que hubiera sido mi obligación conocer a tiempo. Y me puse a buscar y a teclear y a leer las diversas opciones y nada, nada de nada. Las ciudades bicentenario no aparecieron. No en balde entonces la comunicóloga me preguntaba a mí, en vista de que la red no le daba información.

He pensado que con una buena razón de ser, una ciudad puede nacer con estrella. Se requiere principalmente que la ciudad genere bonanza para sus moradores y no una bonanza efímera, como la minera que fue dejando ciudades fantasmas con el cierre de beneficios y con la fuga del capital. Una ciudad sana debe tener un poco de todo: fuentes de empleo agropecuarias, industriales y administrativas; buena oferta cultural, espacios públicos regularmente distribuidos para todos los sectores de la población; una ciudad sana debe tener un eficiente sistema de transporte público no contaminante y debe ser bonita.

No se debe crear un monstruo sino una belleza. Es lo menos que se pude solicitar a la hora de redactar las bases, la belleza debe de crearse para contrarrestar la fealdad del semi-urbanismo en el que vivimos. Las tradicionales ciudades bonitas del estado tienen mucho que enseñarnos: las plazas más chulas y alegres las tiene México y las puede seguir teniendo si se redactan con sencillez las máximas humanistas de escala y proporción que se necesitan para un buen argumento ciudadano.

Las bases pues, son las que deben ser sabias y sólidas. Esas bases con buena estrella que se colocarán simbólicamente con la primera piedra en 2010, en las entrañas del porvenir.

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